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Judíos y musulmanes: hermanos en disputa.

Román Fuentes.


Nada más actual, desafortunadamente, que la guerra que en estos momentos tiene lugar en la franja de Gaza. Los medios masivos de desinformación, la propaganda (sionista, yihadista, hebrea, palestina, yankee, rusa, iraní, neo nazi, laica, comunista y un largo etcétera), las tan desatinadas e irresponsables redes sociales y el control de las diversas plataformas de comunicación por parte de grupos de poder de todos los bandos, hacen prácticamente imposible que podamos formarnos una opinión imparcial sobre el conflicto y sus actores. Por eso, no es la intención de este texto ahondar demasiado en temas de carácter político, militar o ideológico, sino, más bien, compartir contigo lo que sé y lo que en estos días he estado estudiando sobre el origen de las dos religiones implicadas en este milenario conflicto.


Yuval Noah Harari señala que “cuando buscamos el sentido de la vida, queremos un relato que explique de qué va la realidad y cuál es mi papel concreto en el drama cósmico. Este papel me convierte en una parte de algo más grande que yo y da sentido a todas mis experiencias y elecciones”. Por eso, para entender algunos aspectos del conflicto judío-palestino, es preciso conocer los inicios del relato, un relato que estoy casi seguro que conoces o has leído, y que inspira, todavía, a todos los cristianos, a los judíos y, sí, también a los musulmanes. Y el protagonista de este relato es Abraham, el famoso patriarca bíblico.


Para conocer la biografía y las acciones de este personaje hay que remitirse directamente al Antiguo Testamento, cuyos primeros cinco libros comparte el credo cristiano con la Torá judía. Pero lo que muchos occidentales desconocen es que también en el Corán (que, por decirlo así, es “la biblia” de los musulmanes) se encuentra relatada, parcialmente, la vida de este patriarca. Todos estos textos son considerados libros sagrados, pero se excluyen unos entre otros, dependiendo de cuál de las tres religiones se profese.




El relato comienza con la creación del mundo, pasando por Adán y Eva, Caín y Abel, el famoso diluvio de Noé (mito sumerio, por cierto, que aparece mil años antes que La Biblia en La Epopeya de Gilgamesh) y llegando hasta la vida de Abraham, a quien Dios le prometerá una numerosa descendencia y una tierra para habitar (Génesis 12:6). Y no fue una promesa cualquiera, sino una que calará en la historia de la humanidad, y por la que hoy mueren miles: “Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra” (Génesis 14: 14-16). El buen Abraham, que, además, nació en Ur (una ciudad sumeria, actualmente en Irak), se dirigió a Canaán, con la promesa reforzada por su único Dios: sus hijos serían tan numerosos como las estrellas.


La tradición judía toma este relato como aquello que legitima su presencia en la actual palestina. Pero no hay que desestimar algunos otros detalles, declarados por el propio Yahveh: “Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Más también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza” (Génesis 15: 13-14). Sabemos que el pueblo hebreo ha sido esclavizado, pisoteado y oprimido por babilonios, griegos, romanos, alemanes… Ya desde hace milenios se vaticinaba un camino de violencia y venganzas, de promesas y compromisos; la descendencia de Abraham estaba marcada para el resto de los siglos. Pero, ¿cuál es la descendencia de Abraham?


Aquí empieza la parte más compleja de este relato, pues no sólo judíos y cristianos comparten a este hombre como el “legítimo patriarca”, sino que también lo hacen los musulmanes. La historia va como sigue:



Abraham y Sara no podían tener hijos y, recibida la promesa de Dios, era importante asegurar un heredero. En un viaje a Egipto (narrado en los comentarios coránicos Qisas al-Qurán), el faraón les dio “como recompensa” una esclava de nombre Agar. Dicha esclava se fue a vivir con ellos de regreso a Canaán. Dado que Sara estaba muy avanzada de edad y nunca había podido embarazarse, le sugirió a Abraham que “tomara” a su esclava Agar y que “cohabitara” con ella para que le diera un hijo. Ese hijo, el primogénito de Abraham, tuvo por nombre Ismael. 


Por otro lado, La Biblia dice que un ángel se le apareció a Agar y le dijo: “He aquí que has concebido y darás a luz a un hijo, y llamarás su nombre Ismael (…) Y él será hombre fiero; su mano será contra todos, y la mano de todos contra él” (Génesis 16: 9-12). Así que el pequeño Ismael fue circuncidado, comenzó a crecer en el hogar de la familia y, su madre, Agar, comenzó a tener una relación complicada con la esposa del patriarca, Sara. Poco tiempo después, Dios se le apareció a Abraham y le dijo lo siguiente: “A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella” (Génesis 17: 15-16). Y así fue como nació el segundo hijo de Abraham, que fue llamado Isaac.


En el compendio de relatos musulmanes de los profetas, llamado Qisas al-Anbiyá, se menciona lo siguiente: “Gabriel (el arcángel) vino hacia Abraham y le anunció que Dios le daría un hijo de Sara, del que saldrían muchos profetas, y otro de Agar, del que saldría un profeta llamado Muhammad”.


Tenemos, pues, a dos hijos de Abraham, ambos bendecidos, ambos con promesas, ambos mencionados en textos que son sagrados, tanto para el cristianismo y el judaísmo, como para el Islam. Y a dos mujeres, madres, intentando defender y conseguir lo mejor para sus respectivas descendencias. Y comenzó entonces el conflicto…



“Y vio Sara que el hijo de Agar la egipcia, el cual ésta le había dado a luz a Abraham, se burlaba de su hijo Isaac. Por tanto, dijo a Abraham: echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo. Este dicho pareció grave en gran manera a Abraham a causa de su hijo. Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia. Y también del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendiente” (Génesis 21: 9-14). Las versiones de los textos musulmanes señalan que, supuestamente, Abraham debía llevar a Ismael y Agar a un lugar en La Meca. Lo importante es que Agar y su hijo, el primogénito, fueron exiliados, casi mueren de hambre y de sed en el desierto, pero Dios los salvó en numerosas ocasiones. Luego de este exilio, Ismael quedará fuera de la historia judeocristiana, pero tendrá hijos y su “semilla” se esparcirá por todo el norte de África y parte de la actual Arabia.


Así pues, Dios prometió una descendencia bendecida por su mano a ambos hijos de Abraham. Esto implica a las 3 religiones mencionadas:


1.      Los descendientes de Isaac son los profetas y reyes que aparecen en el Antiguo Testamento y son de suma importancia para el pueblo judío: Daniel, David, Salomón, Elías, Ezequiel, Isaías, Job, Josué, etc.


2.      Ahora, esta línea genética aparece señalada en los Evangelios como la que legitima a Jesucristo como descendiente de Abraham y como hijo de Dios para los cristianos.


3.      Y, finalmente, el pueblo que llamamos “árabe” es la descendencia de Ismael (y de Abraham). En el seno de este pueblo nació Mahoma, el profeta que fundó el Islam.



Muhammad ibn Abdullah, conocido en Occidente como Mahoma, nació en el año 570 en La Meca, en Arabia. Los textos sagrados del Islam recopilados, algunos durante su vida y otros después de su muerte, señalan que recibió una revelación divina de Alá y comenzó a predicar una nueva fe. Se le conoce como “el sello” porque, para los musulmanes, es el último de una larga lista de profetas y personajes, entre los que se encuentran algunos muy importantes para el judaísmo (Adán, Moisés, Abraham, Isaac…) y otro fundamental para el cristianismo (Jesús de Nazareth). Así es, los musulmanes ven a Jesucristo como un sabio profeta, pero no como el hijo de Dios, ya que, tanto para el Islam como para la fe judía, y según las escrituras, en ningún lado ase menciona que la divinidad pueda encarnar en forma humana. Después, la fe de Mahoma se expandió con sorprendente rapidez, a veces por su bondad y otras razones religiosas que resultaron interesantes para los nuevos fieles, y otras veces por haber sido impuesta con violencia.


No entraremos en detalle sobre la fe musulmana, la historia de su expansión y las diferencias y similitudes precisas respecto de las otras dos religiones mencionadas. Lo que importa señalar, y que tiene que ver con parte del conflicto actual, es que la tendencia de los musulmanes, desde la época en que Mahoma estaba vivo y porque así lo predicó, incluye un fuerte sentimiento de rechazo a otras doctrinas y, más aún, la convicción de enemistarse (o hacer la guerra, atacar, eliminar) a todo aquel que no crea en la palabra del profeta y no acepte a Alá como su único dios. El Corán, que no fue escrito directamente por Mahoma (como tampoco los evangelios fueron escritos por Jesús ni el Pentateuco por Abraham), se ha sometido a múltiples interpretaciones y, entre las traducciones, la diversas variantes de las lenguas árabes y los intereses políticos, muchos de sus preceptos se han tergiversado y han generado los horrores que hemos visto en las últimas décadas, sobre todo, pienso yo, por los miles y miles de fieles que han sido presas de la ignorancia y manipulados para ser “kamikazes” de Alá en beneficio de intereses totalmente ajenos a la fe musulmana.


Este temple tan conflictivo y violento que caracteriza al Islam (pero que no define su fe ni implica a los millones de seguidores de Alá en todo el mundo, muchos de ellos, pacifistas) comenzó a convertirse en un problema geopolítico que parece que nunca tendrá fin, y que se agudizó en el siglo XX. Explico.


Los judíos, luego de haber sido exiliados por babilonios y romanos en la antigüedad, anduvieron errantes, literalmente, durante siglos, en diversos países de Europa, África y Asia, incluso en la América colonizada. La propia Inquisición los expulsó de España y convivieron, sin conflicto, casi durante 500 años, con turkomanos, árabes y cristianos en diversas regiones de Medio Oriente y el Magreb (norte de África). Luego de la Primera Guerra Mundial, Francia e Inglaterra se reparten esta región, poblada de judíos apenas en un 5%. Poco a poco, en el periodo entre guerras, algunos grandes empresarios y banqueros judíos comenzaron a promover la creación de un Estado propio, y el apoyo de las naciones europeas no se hizo esperar. Miles y miles de judíos comenzaron a llegar a Palestina, ocupando en diversos formatos los territorios que, por siglos, habían sido de los árabes. Esta migración judía se fue imponiendo en la región y las bases se sentaron para que, en 1948, la propia ONU promoviera la creación del Estado de Israel, comenzando un proceso largo de expulsión de personas de origen árabe (la mayoría, musulmanas) de este territorio.

No podemos omitir que, una vez fundado este nuevo país, los vecinos Egipto, Siria, Irak, Jordania y Líbano, de inmediato atacaron a Israel que, con el apoyo de Estados Unidos, frenó a los países árabes y logró ganar un 20% más del territorio que, de por sí, le había asignado la ONU. Numerosos acuerdos internacionales fueron establecidos, la mayoría no siempre atendidos, especialmente por Israel. Numerosos ataques y hostilidades han sido perpetradas por algunos musulmanes radicales en contra de civiles judíos y de otras religiones en toda la región (y también ha habido cientos de ataques de judíos hacia civiles musulmanes, pero no tienen el mismo impacto en los medios de comunicación).


La guerra entre Hamás (grupo considerado terrorista por la mayoría de los países de la OTAN) y el Estado de Israel (país que ha sido acusado innumerables veces por violar los acuerdos internacionales), además de contener, por supuesto, matices políticos y económicos muy complejos, es también la consecuencia de muchas décadas de un conflicto (Palestina e Israel) que tiene sus orígenes en el libro del Génesis (con el relato de Abraham). Existen muchísimos otros temas de interés que se derivan de todo lo dicho anteriormente, y casi ninguno tiene una conclusión feliz. Sin embargo, me pareció importante compartir el origen común de estas dos religiones, y por qué estos dos pueblos en disputa son, a fin de cuentas, pueblos hermanos, pueblos que tienen el mismo origen.

Concluyo. Un mismo relato sustenta, por un lado, la ambición político-económica y, por el otro, la búsqueda personal de la salvación y el sentido de la vida para cada uno de ellos. Para los hijos de Ismael, los árabes (que luego se convirtieron al Islam, la mayoría) tienen el derecho divino y han sido elegidos por Alá para expandir su religión; para los hijos de Isaac, el pueblo elegido es el pueblo judío, que debe poseer y poblar la vieja Palestina por una promesa hecha hace milenios.

 

 

 

Bibliografía:

·         Bermejo, C. (2023). “Cómo y por qué se fundó el Estado de Israel”, en El orden mundial, Consultado el 13 de febrero de 2024 en: https://elordenmundial.com/como-por-que-fundo-estado-israel/#:~:text=El%20Estado%20de%20Israel%20se,Estado%20jud%C3%ADo%20y%20otro%20%C3%A1rabe.

·         Castillo, C. (2007). “Abraham, Agar e Ismael en la tradición musulmana”, en Ámbitos. Revista de Estudios de Ciencias Sociales y Humanidades, (18), pp. 11-16.

·         Harari, Yuval N. (2018), XXI lecciones para el siglo XX, Madrid: Debate.

·         Hurault, B. (trad.) (1989). Biblia Latinoamericana. Madrid: Editorial San Pablo.

·         Muhammad, S.K. (2019). “Profeta Mahoma”, en World History Enciclopedia. Consultado el 13 de febrero de 2024 en: https://www.worldhistory.org/trans/es/1-18626/profeta-mahoma/

 

 

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