El meme como herramienta comunicativa cultural

Introducción

La labor docente en Secundaria implica conocer, al menos superficialmente, los referentes culturales que usan los adolescentes para comunicarse. Yo tengo claro, por ejemplo, que varios de mis estudiantes juegan Fortnite en línea por las tardes, y que otros tantos son fanáticos del K-pop, que a más de alguno le gusta Dua Lipa, que uno que otro ha tenido su canal en YouTube, y que una cantidad importante de ellos y ellas usan redes sociales y comparten memes.

Cuando hablamos de “cultura”, de expresiones culturales o de “acervo cultural”, tendemos a imaginarnos una serie de elementos tales como novelas clásicas, música barroca y murales renacentistas. Sin embargo, la cultura y los referentes que emplean los adolescentes, hoy en día, implican Reggaetón, cuentas de Instagram, peinados de futbolistas europeos, retos bobos en internet, haber tomado durante meses clases en línea y conocer muchos más memes graciosos que obras de Leonardo Da Vinci.

Y está bien. La cultura es eso: “un espacio de auto creación permanente de la realidad humana” (2005: 218), como señala Ramírez Cobian, un entorno que genera sentidos y símbolos constantemente. Resulta ya trillado señalar que las redes sociales son uno de los medios de comunicación cultural más empleados, eficientes y diversos en la contemporaneidad adolescente. Y es que las conexiones semióticas y retóricas que contienen los espacios de convivencia digitales, tales como Facebook o Instagram, son abrumadoras. Y dichas conexiones tienen como una de sus herramientas principales los memes.

José M. Ruiz, siguiendo a Shifman, señala que “los memes están contribuyendo a articular el discurso público en la actualidad, y sirven para conformar y reflejar estados de opinión” (2014:123). No son sólo herramientas lúdicas; su alcance no se limita al entretenimiento y al espectáculo en Internet, son una nueva forma de comunicación social: eficiente y reproducible, humorística y desafiante.

El objetivo de esta breve reflexión es mostrar que los memes no sólo constituyen una importante tendencia cultural y comunicativa, sino que son uno de los pilares de lo que llaman la web 2.0, es decir, “aquella en la que los usuarios participan, aportan contenido y crean páginas a través de interfaces fáciles de usar” (Ruiz, 2018: 997), teniendo un alcance global y casi inmediato, y constituyendo una herramienta muy útil dentro del aula.

Desarrollo

¿Pero, qué es un meme? Pues bien, para comenzar a comprenderlo, podemos partir de varias analogías: los refranes, los chistes, los apodos, los albures y hasta las “cadenas” que mandábamos por correo electrónico a principios de siglo son, hasta cierto punto, equivalentes a los memes contemporáneos. Se trata, en todos los anteriores, de elementos culturales que se replican masivamente, implican cierto dominio de la sabiduría o la jerga popular y exigen del consumidor un conocimiento y una comprensión, al menos superficial, de cierto estado de cosas, de un contexto.

Un meme es una pequeña pieza de la cultura, un engrane. Es capaz de mantenerse en el tiempo (hay memes de hace 10 años que seguramente muchos conocemos, como el de “Bad Luck Bryan”, figura 1); es capaz de reproducirse con rapidez y eficiencia (¿quién no recibió memes por correo electrónico?, ¿cuántos memes puedes ver si pasas en Facebook 20 minutos?); es capaz de sufrir variaciones, pero siempre hace referencia al original.


Figura 1. Bad Luck Bryan

Si tuviéramos que tomar un ejemplo, sin duda sería muy sencillo para todos elegir un tipo de meme con estructura semiótica macro, que consiste en una imagen fija acompañada de un texto inserto, como el de “Running Away Balloon” (figura 2) o “Buff Doge vs Cheems” (figura 3). Así, el meme termina siendo un recurso para informarse, para hacerse partícipe de lo que pasa en el mundo (o, al menos, en las redes sociales); permite conocer, comprender y convivir con aspectos de la realidad que marcan el desarrollo social y el aprendizaje cultural de los adolescentes.


Figura 2. Running Away Balllon.


Figura 3. Buff Doge vs Cheems

Hoy día, los y las estudiantes de secundaria dedican horas y horas a las redes sociales, pero no sólo son espectadores, sino que constituyen una audiencia activa, que produce sentido, que decodifica mensajes, que viraliza referentes culturales. Las Tecnologías de la información y la Comunicación no sólo han transformado el mundo técnicamente, sino que modifican la percepción que los usuarios tienen de la realidad.

Arango Pinto sostiene que “los me­mes poseen un poder descriptivo y explicativo con respecto al desarrollo cultural” (2015: 114), pues no sólo son elementos satíricos o humorísticos, sino que van creando nuevos significados, se burlan del contexto, proponen realidades disímiles y “obligan” al receptor a encontrar un sentido. Los memes exigen del usuario cierta comprensión de un argumento, le entregan un “kit” de elementos culturales que deben ser entendidos y que, si tienen éxito, serán compartidos con otros usuarios.

En términos semióticos, lo “incompleto” del sentido del meme favorece su posterior mezcla y difusión, señala Ruiz, permitiendo variantes de significado que no sólo hacen reír a nuestros estudiantes, sino que les implican nuevas ideas, nuevo conocimiento, Y si todo esto sucede con memes de gatitos, de raperos o de actores de Hollywood, ¿por qué no buscar esas variantes de significado y esa vorágine de interpretaciones en nuestra comprensión de los contenidos en el aula?

El meme como herramienta comunicativa puede importarse de las redes sociales para emplearse en la praxis educativa. De la misma forma en la que hacen y/o comprenden memes sobre series de Netflix o sobre personajes de los Avengers, los adolescentes pueden producir y consumir contenidos relacionados con Darwin, Hernán Cortés o Sor Juana, pueden dotar de significado a una imagen de Homero Simpson haciendo referencia a una novela de García Márquez o pueden reescribir la historia situando a Bob Esponja en medio de una trinchera francesa en 1915.


Conclusiones.

Los memes son elementos culturales que transmiten información de manera sumamente eficiente; son un canal comunicativo que la mayoría de los y las adolescentes conocen. Resulta algo totalmente comprensible, y pasa, que nuestros estudiantes se enteren de una pandemia, de una operación militar a gran escala en Europa del Este o de la muerte de un artista a través de los memes, y no de un noticiero, de un artículo especializado o de un periódico digital. Y para comprender dichos memes, los usuarios deben llevar consigo un capital cultural, una serie de símbolos colectivos que les permitan entender ciertas convenciones sociales para, finalmente, reírse del resultado (ya publicado en las redes sociales).

Para terminar, veamos dos casos sencillos. Los ejemplos que usaré fueron productos que mis estudiantes realizaron como evaluación de un tema. En el primer caso, tomaremos como referencia varios elementos del meme que señala Angulo; en el segundo, retomaremos algunas de las cualidades que Barthes señala como parte de la retórica.

1. “Iturbide, Guerrero y Lopez Obrador.”

En este meme (“Abrazos, no balazos”, figura 4), realizado en 2021 por una alumna de 3er grado para una evaluación parcial de Historia de México II, localizamos todas las características que Angulo atribuye a un meme. A) Habilidades digitales: buscó, eligió y editó imágenes; empleó una página web para generar el meme y lo difundió en redes sociales. B) Habilidades cognitivas: observó su contexto y tomó de ahí un elemento, analizó las relaciones entre el presente y el pasado, sintetizando en una imagen a un presidente del siglo XXI con dos caudillos del XIX. C). Conocimientos: del contexto de la Guerra de Independencia en su última etapa; de las noticias contemporáneas y el presidente saliendo en televisión; de ortografía para redactar el mensaje con precisión. D). Actitudes: crítica social y su correspondiente componente satírico; curiosidad al explorar (y encontrar con éxito) situaciones “parodiables” en la Historia de México tanto como en la web; creatividad para conseguir hacer reír a sus compañeros y al docente (el potencial humorístico era parte de la rúbrica de evaluación).


Figura 4. Abrazos, no balazos.

2. “Los aztecas y Drake.”

En este último meme (“Drake Hotline Bling”, figura 5), realizado en 2019 por un alumno de 2do grado para un proyecto de Historia de México I, encontramos algunas de las principales cualidades retóricas que menciona Barthes: se trata de una práctica lúdica (juega con la interpretación del origen mexica); implica un conocimiento especializado (sobre las características principales de la cultura azteca y su origen); puede llegar a generar un metadiscurso (transmite información sobre la personalidad del estudiante que lo hizo y su sentido del humor); es entendido por un grupo determinado cuyos miembros se reconocen entre sí (los estudiantes de esa asignatura en ese ciclo escolar).


Figura 5. Drake Hotline Bling

Aunque de manera muy breve, con estos dos ejemplos pudimos ver parte del potencial que tiene el meme como herramienta comunicativa si está bien trabajado y el docente acompaña su planeación, su diseño y la búsqueda de ese toque humorístico que conecte el contenido de clase con algún referente cultural o imagen chusca. Puede funcionar para evaluar pequeños temas o proyectos, sobre todo si es acompañado por una explicación o exposición de los autores. Al emplear el meme como herramienta en el aula, la atención plena y el involucramiento de todo el grupo están prácticamente garantizados.


Referencias bibliográficas:

Arango Pinto, L. (2015). “Una aproximación al fenómeno de los memes en internet: claves para su comprensión y su posible integración pedagógica”. Revista Común. Mídia Consumo, Vol. 12, (33), pp. 110-132.


Lipovetsky, G. & Serroy, J. (2010). La cultura-mundo. Barcelona: Anagrama.


Ramírez Cobian, M. T. (2005). Filosofía Culturalista. Gobierno del Estado de Michoacán: Morelia.


Ruiz Martínez, J. (2018). “Una aproximación retórica a los memes de internet”. UNED. Revista Signa 27, pp. 995-1021.


Shifman, L. (2014). Memes in digital culture. MIT University Press: Cambridge, Massachusetts.






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