¿Qué vale la pena contar? Una breve y occidental historia de los números.

Actualizado: 13 jul



La historia del origen de los números está llena de giros fascinantes. Seguramente cuando la gente comenzó a contar, usó cualquier objeto que su mente vislumbraba, por ejemplo, las manos, porque los dedos eran el medio más accesible para cuantificar, incluso antes de que los números tuvieran un nombre; ayudaban a no perderse al hacer conteos, y al mostrar los dedos se podía comunicar cantidades sin usar palabras. La relación entre los dedos y los números es muy antigua, inclusive hoy usamos la palabra dígito derivada del latín digitus para referirnos a los números.

Por el simple azar biológico, contamos con base en el 10, ahora imagina si tuviéramos dos dedos, ¿contaríamos con base en el dos?

Cualquiera que haya sido la manera en que las poblaciones a lo largo de la historia imaginaron cómo comunicar cantidades, se puede aseverar con base en libros e investigaciones realizadas que, aunque en el mundo no tengamos la misma noción de lo numérico o de lo que se puede contar, todos podemos contar, y aun así, hay algunas personas en el mundo a las que esto no les preocupa; imagina cuánto tiempo invertimos en preocuparnos por los horarios, por el dinero, por las fechas próximas y por todas las banalidades en las que los números se ven involucrados. Hay que considerar que todavía existen personas que viven de la caza y la recolección, y aún después de encontrar la manera de contar y acostumbrarse a esa idea, hay tribus que solamente cuentan lo más valioso que consideran en su cultura. En nuestra cultura, ¿qué es valioso contar y qué no? (aplica para todo).



Te comparto un caso de Papúa Nueva Guinea, el país más grande y más poblado del Océano Pacífico: los yupnos; ellos tienen otras nociones sobre lo cuantificable y lo medible en el espacio y el tiempo, ya que no consideran indispensable contar el tiempo, ni hacer medidas precisas para construir una casa, se basan conforme a lo que las circunstancias de la vida les presenta, algo así como vivir el presente y no preocuparse por el pasado ni por el futuro; mucho que aprender de ello.

Durante miles de años, el ser humano se las ha arreglado para contar: contar con las partes del cuerpo, con objetos que encontraban a su alrededor o con lo que estuviera a su alcance. Así, hace 6000 años, en el Medio Oriente la gente comenzó a domesticar animales y los seres humanos se convirtieron en agricultores, hecho que marcó un después en la escritura: se comenzaron a hacer marcas.


Hacer una marca


Los babilonios, quienes vivieron en Irak hace casi 5000 años, contaban con base en el 60. No se sabe con certeza cómo usaban las manos para contar, pero una teoría es que utilizaban el pulgar para tocar los 12 segmentos de los dedos de una mano (si observas un dedo de tu mano notarás que está “dividido” en tres segmentos) y los dedos de la otra para contar grupos de 12 y así llegar a un total de 60. Se dice que, gracias a estos conocimientos, los minutos y segundos que hoy en día contamos siguen estando basados en 60.


Los antiguos egipcios sembraban en la ribera verde del río Nilo, que cruza el desierto del Sahara y, como este río solía desbordarse llevándose sus cosechas, decidieron hacer marcas en sus campos, volviéndose expertos en observar y medir el tiempo; medían la tierra y se empeñaron en la construcción de sitios, fue esa habilidad lo que permitió la construcción de sus pirámides. Usaban el sol y las estrellas como reloj; dividían el día y la noche en 12 horas, y hoy nuestros días duran 24 horas. Si tuviste problemas con la multiplicación cuando comenzaste a aprender el procedimiento, no te angusties, los números de los egipcios servían para sumar y para restar, pero no para multiplicar y para solucionarlo crearon un sistema de multiplicación por duplicación que en nuestros días no sería muy útil.


Los números mayas aplicaron un sistema de numeración más sofisticado que el de los egipcios; contaban con base en el 20, quizá contaban con los dedos de los pies y las manos. Un gran hito fue la noción del cero.


Los números romanos se difundieron por Europa durante el Imperio Romano y fue la forma de escribir números durante 2000 años. Hoy en día seguimos utilizando los números romanos, por ejemplo, en los nombres de capítulos de libros, en nombres de reyes y en los relojes. Se dice que los números romanos estancaron el desarrollo de las matemáticas por la dificultad de realizar operaciones básicas de manera escrita. Después de este estancamiento, llegó a Europa un sistema proveniente de la India que revolucionó la historia de las matemáticas en el ámbito numérico y son los números arábigos que usamos en nuestra cotidianidad y que son llamados así porque llegaron a Europa a través de los árabes.


La “nada” llega a Europa


Los números de la India llegaron a Bagdad, el centro del recién fundado imperio musulmán. Los hindués inventaron el maravilloso sistema de lugares y aplicaron el cero otorgándole ese valioso lugar que tanto tiempo llevó para hacerlo.

Si recuerdas de la preparatoria el libro de álgebra de Al- Khwarizmi, te llevarás una sorpresa al reconocer que este famoso personaje ayudó a llevar los números y el cero al resto del mundo.


Aun sabiendo que las matemáticas son exactas, siempre hay diversos caminos en el andar de la búsqueda del conocimiento. Al echar un vistazo a la historia de los números nos vamos a encontrar con extraordinarios relatos de viajes, de intercambios y diferentes puntos de vista. Así que los invito a maravillarnos de las grandiosas historias que las matemáticas nos cuentan para así nosotros contar con ellas.




Referencias bibliográficas:

Ball, J. (2011). Piensa un número. México: SM Ediciones.




















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