Na Bolom: la casa que conserva la memoria viva de Chiapas.
- La Salle de San Cristóbal
- 5 jun
- 6 min de lectura
Crónica de una visita escolar al museo y casa histórica de Frans Blom y Gertrude Duby, en San Cristóbal de las Casas.
Por: Ana Trench, Aram López, Leonardo Gómez y Gael Leyva
El día de la salida tuvimos una primera clase normal y partimos alrededor de las 8:15 de la mañana. Durante el trayecto en el camión íbamos comiendo, platicando y sin disimular la emoción por llegar. Antes habíamos entregado los permisos correspondientes, así que pudimos asistir sin contratiempos. Ya en el barrio de Guadalupe, caminamos por varias calles —lo que nos dejó conocer un poco el entorno— hasta llegar al Museo Na Bolom. Compramos los boletos, de costo accesible, y nos recibió el guía, que sería una pieza clave del recorrido: nos explicó con detalle cada rincón de la casa.
Desde que entramos notamos que no era una casa moderna, sino una construcción antigua que conserva muchos de sus elementos originales. Ahí reside buena parte de su encanto: el lugar permite imaginar cómo se vivía en otra época.
¿Quiénes fueron Frans Blom y Gertrude Duby?
Na Bolom fue el hogar de Frans Blom y Gertrude Duby, una pareja que dedicó su vida al estudio y la defensa de las culturas indígenas del sureste de México, en especial del pueblo lacandón.
Frans Blom fue un arqueólogo e investigador de origen danés, apasionado desde joven por las culturas antiguas. Pasó muchos años en el sur de México estudiando a los pueblos mayas, con un trabajo a la vez arqueológico y etnográfico.
Gertrude Duby fue fotógrafa, periodista y defensora de los pueblos indígenas. Había salido muy joven del hogar familiar, en el cantón de Berna, Suiza; estudió primero jardinería y después trabajo social, un interés por las problemáticas sociales que más tarde la acercaría a las comunidades de Chiapas. Su cámara y su investigación documentaron la vida cotidiana, las costumbres y las tradiciones de los lacandones, mostrando al mundo una realidad muchas veces ignorada.
Juntos vivieron largos años en Chiapas, donde aprendieron de las comunidades respetando su forma de vida. Escribieron libros, impulsaron el arte indígena y defendieron la selva frente a la deforestación. De ese esfuerzo nació Na Bolom.
El recorrido por la casa
El museo se organiza en varias habitaciones, cada una con su propia función. La primera recrea una casa tradicional, con puertas, muebles y objetos originales que ayudan a imaginar cómo se organizaba la vida dentro de la vivienda. En otra se exhiben utensilios y herramientas de caza y de supervivencia, junto a fotografías y documentos antiguos que dan cuenta de la relación entre quienes habitaron la casa y las comunidades indígenas de los alrededores.
Hay también un cuarto dedicado al trabajo científico de la pareja, con mapas, instrumentos de medición y equipos que usaban en sus investigaciones. Más adelante encontramos una pequeña capilla: un espacio sencillo, de ambiente tranquilo, destinado a la oración y la reflexión, que recuerda que la fe formaba parte de la vida diaria de la casa.
Especialmente nos llamó la atención la habitación de Gertrude Duby, conservada con sus pocas pertenencias: su ropa, algunos objetos personales y ciertos instrumentos de trabajo. La sencillez del cuarto dice mucho de su manera de vivir.
Las colecciones: el mundo lacandón
Buena parte de lo que resguarda Na Bolom pertenece al mundo lacandón. Los lacandones son un pueblo maya que habita la Selva Lacandona, en la frontera de México con Guatemala, dentro de Chiapas. Se llaman a sí mismos Hach Winik, “hombres verdaderos”. Llegaron a la selva chiapaneca tras migrar, en distintos momentos, desde la península de Yucatán y el Petén guatemalteco. Hablan una lengua maya emparentada con la de Yucatán y su religión gira en torno a los ciclos de la naturaleza: para ellos, los grandes centros arqueológicos de la región —Palenque, Yaxchilán, Bonampak— fueron morada de los dioses. Durante siglos vivieron en relativo aislamiento, lo que les permitió conservar gran parte de su cultura; hoy su población es muy reducida.
Las colecciones del museo guardan testimonios vivos de esa cultura. Entre los más llamativos están los instrumentos musicales hechos con materiales naturales: percusiones de caparazón de tortuga, una especie de vihuela elaborada con calabaza seca (tecomate) y madera tallada, y flautas u ocarinas de formas diversas, ligadas a rituales, celebraciones y a la vida diaria. Hay además instrumentos agrícolas, vasijas, arcos y flechas, esculturas y otros objetos vinculados a la caza, la agricultura y la supervivencia.
En cuanto a la vestimenta, destaca la túnica blanca, junto con la costumbre —parte de su identidad— de que hombres y mujeres no se corten el cabello.
Mención aparte merecen las fotografías en blanco y negro tomadas por Blom y Duby en sus viajes. En ellas se ve cómo vivían, se vestían, trabajaban y pescaban en canoa los pueblos mayas y lacandones: verdaderos documentos históricos de su forma de vida.
El archivo
El espacio que más nos impresionó fue el archivo y biblioteca del museo. Allí se conservan libros antiguos y recientes, documentos, fotografías y escritos históricos; las paredes lucen pinturas y fotografías de distintos momentos de la casa y de quienes la habitaron.
Gran parte de ese acervo fue reunido o escrito por la propia Gertrude Duby, lo que la vuelve una figura central de Na Bolom: no solo documentó culturas, también dio voz a personas a menudo ignoradas por la historia, como las mujeres indígenas.
Los documentos son tan antiguos que exigen un cuidado especial. Antes de manipularlos nos pidieron ponernos guantes, no tocarnos la cara y, en algunos casos, usar cubrebocas, sobre todo quienes tienen alergia al polvo: medidas que protegen por igual a los papeles y a las personas. Su valor es tal que el propio Archivo General de la Nación ha solicitado algunos de estos materiales.
Ecos de la Revolución
Entre esos documentos encontramos materiales sobre la Revolución Mexicana, varios reunidos por Gertrude Duby. Uno que nos marcó fue Mujeres en Armas, un testimonio sobre la participación de las mujeres en la lucha revolucionaria: no solo como acompañantes, sino como combatientes, organizadoras y defensoras de sus comunidades. Allí aparecen nombres como Rosa Bobadilla, Dina Quebrido de Moreno o Felipa Castellanos, figuras del movimiento alrededor de 1914 que muchas veces no reciben el reconocimiento que merecen. Vimos también un relieve tallado en madera con una escena campesina, la figura de Emiliano Zapata y el lema “Tierra y Libertad”, símbolo de la lucha agraria.
Conviene recordar el marco de esos materiales. La Revolución Mexicana, iniciada en 1910, fue uno de los movimientos sociales y políticos más importantes de nuestra historia. Surgió contra la larga dictadura de Porfirio Díaz, cuyo lema de “orden y progreso” beneficiaba a las élites mientras mantenía en la pobreza a la mayoría. Entre sus figuras más conocidas están Francisco I. Madero, que la inició con el Plan de San Luis; Emiliano Zapata, con su “Tierra y Libertad”; Francisco Villa, jefe revolucionario del norte; y Venustiano Carranza. Pero no fue solo cosa de hombres: hubo soldaderas, enfermeras, espías, estrategas e incluso comandantas, como Petra Herrera, que llegó a formar su propio batallón, o Hermila Galindo, que defendió los derechos políticos de las mujeres. De aquel proceso surgió la Constitución de 1917, con demandas como la reforma agraria, la regulación del trabajo y la educación laica.
La Revolución también dejó huella en San Cristóbal de las Casas. En el museo vimos una fotografía de 1911, atribuida a Jacinto Pérez “Pajarito”, en la que un grupo de revolucionarios posa frente a la iglesia de Guadalupe. Con sombreros de ala ancha y cartucheras cruzadas, los hombres transmiten la fuerza de la lucha en la región; el templo, en lo alto de su escalinata, parece un testigo silencioso. Al reverso se conserva una inscripción que reproducimos tal cual, respetando su ortografía original:
“Como un recuerdo de el año 1911. Esta fotografía fue tomada en el serro de Guadalupe un grupo de indijinas En Cavesados por Jacinto Pajarito, y dos más que le siguen para la rebolución de Dn. Francisco y Madero. El Gral. De la Democracia. Sesar Martínez Rojas, Jesús Alfredo Mijangos, Juan feliz Zepeda. Mucio Ortega, Manuel Larrainzar, José María Zepeda, A. Jacinto pajarito & Garcia, Ramón Zepeda. Sn. Cristóbal L. C. De 1911
Viva Madero
Abrazos”
Una memoria que sigue viva
Al final llegó el momento de despedirnos. Nos quedamos con cierta nostalgia —no alcanzamos a probar el buffet del restaurante—, pero también con la sensación de habernos llevado algo valioso.
La visita a Na Bolom nos permitió aprender de otra manera: viendo la historia de cerca y entendiendo todo el cuidado que exige conservarla. Comprendimos que el museo no es solo un sitio con objetos antiguos, sino un espacio que resguarda la memoria. El trabajo de personas como Gertrude Duby demuestra que documentar la historia es también una forma de resistencia: gracias a ella, las nuevas generaciones pueden conocer la realidad de los pueblos indígenas de Chiapas y comprender que su cultura sigue viva.




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